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Es tan humilde y tan buena que hasta se deja pisar;
para el almuerzo y la cena la vaca la va a tomar.

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En todos los días de la semana me hallarás,
excepto en Domingo que no me encontrarás.

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¿Qué solemos celebrar en estos días en España?


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Contesta a la pregunta del caso:

El asesinato de Bowers.

El asesinato de Bowers causó un gran revuelo. Al influyente banquero Furman Bowers lo mataron delante de su caja fuerte abierta. El Chronicle había dado la primicia del asesinato, el Tribune había conseguido la primera entrevista con la viuda y, en el Sentinel, el editor estaba que trinaba. Josh Cole aguantó estoicamente los insultos que el hombre le profirió y salió del despacho con las últimas palabras del editor resonándole en los oídos:

-¡O me traes una exclusiva o lo que va a salir en primera plana será tu cadáver!

Josh cerró la puerta del despacho, y la redacción al completo lo miró con expresiones diversas, desde compasivas hasta maliciosamente divertidas. Ignorándolas, agarró el abrigo y el bloc de notas y se dirigió a los ascensores.

La primera parada fue al despacho de los abogados Gliton y Mathers. El letrado de la familia Furman Bowers, Darrell Dalton, hacía ocho años que trabajaba allí. Dalton, un hombrecillo inquieto, no hizo el menor esfuerzo por ocultar su decepción al ver que Josh era periodista y no un posible nuevo cliente, pero contestó de mala gana algunas preguntas para deshacerse de él.

            -Sí, señor Cole, mi cliente estaba atravesando un momento delicado. No, no pienso compartir ningún detalle, ni oficial no oficiosamente. No, no había recibido amenazas, ni de muerte ni de otro tipo. No, no tenía enemigos, lo que sea que eso signifique. Eso que dicen que estaba metido en algún asunto turbio es pura invención. Que yo sepa, el señor Furman ni siquiera había oído hablar de Benny Lucas. No, no conozco al señor Lucas ni a ninguno de sus representantes. El señor Furman era un miembro destacado del mundo empresarial y no tenía nada que ver con el crimen organizado. Ahora, si me disculpa, tengo asuntos que atender.

Ruth Bowers, la esposa de Furman, estuvo más comunicativa. Recibió a Josh, le sirvió café y habló largo y tendido de su pérdida.

-Era un hombre dulce y amable. –dijo-. Le quería mucho. Pero era testarudo. Estoy segura de que los asesinos le torturaron para que les dijera la combinación. Probablemente por eso le mataron después. ¡Ojalá hubiera estado en su lugar! Les habría dado la combinación en lugar de obligarles a recurrir a la brutalidad y la furia, y ahora estaríamos juntos. Es tan absurdo. La otra noche el pobre Furman nombró a un tal señor Lucas –alguien mezquino, al parecer-, pero no le presté mucha atención.

Aquella mañana, otras dos personas habían rondado la casa. Una había sido el jardinero, Charles Hedrick, que trabajaba allí tres veces a la semana. El hombre, un anciano robusto y gruñón se mostró bastante hostil.

-Estoy harto de ustedes, se pasan el día husmeando –dijo-. ¿Y a mí qué me cuenta si fue con una de las escopetas del cobertizo? No son mías, y no está cerrado con llave. Estuve todo el maldito día trabajando en el desagüe del césped de abajo. Ni siquiera oí nada. La primera noticia fue cuando la policía vino a mangonear. No me importa que esté haciendo su trabajo, señor como se llame, me está fastidiado el almuerzo.

La otra persona que había visitado la casa era un repartidor llamado Richard Kitts, que había ido a dejar unos troncos.

            -Sí, fui, le llené la leñera, le di la factura a la mujer y volví a irme. Estuve allí apenas un par de minutos, puede preguntarles a mis compañeros del turno de antes y de después a qué hora estuve con ellos. Yo no vi nada. No, nunca he oído hablar de Benny Lucas. ¿Qué? Claro que me ha dicho el nombre de pila, ¿Cómo iba a saberlo sino? No, no tengo antecedentes. ¿De dónde lo ha sacado? Basura. Una sarta de mentiras. Si publicas eso, amigo, te prometo que primero voy a patear tu linda cabecita. Y después ya tendrás noticias de mi abogado.

Exhausto, Josh regresó a la redacción. El archivo de Bowers le miraba amenazante. Visto lo visto, no iba a bastar con “El dolor de una viuda” o algo así. Revisó las fotografías de la escena del crimen que su contacto policial le había dado; a él y a los demás periodistas que cubrían el caso, maldita sea. Habían levantado el cadáver de Furman antes de tomarlas. La caja fuerte estaba abierta de par en par y completamente limpia, como los chorros del oro. El suelo y la pared estaban empapados de sangre, que ocultaba casi por completo el nombre del fabricante de la pesada puerta. La moqueta estaba hecha un desastre. Un rincón del escritorio ocupaba un fragmento de la fotografía. Estaba cubierto de papeles, archivos y libros de contabilidad.

Se levantó de un salto, echó a correr y entró sin llamar en el despacho del editor.

            -Lo tengo- le dijo a su jefe, que lo miró sorprendido-. ¡Ya sé quién mató a Bowers!

¿Qué había descubierto Josh?

                                                       Fuente: ¿Quién es el culpable? Alma Editores.

 

 

 

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